A pocos nos da placer comunicarnos con los funcionarios estatales. La actitud arrogante de muchos de ellos hacia los clientes no es un caso aislado, más bien es un problema global.

La historia de hoy tuvo lugar en el aeropuerto Charles de Gaulle, de París, Francia. Un grupo de profesores, ya mayores, llegó de los Estados Unidos para una excursión. Entre ellos se encontraba un profesor llamado Charles White.

Durante su paso por el control aduanero, este señor pasó un cierto tiempo buscando en sus bolsillos y su equipaje, tratando de encontrar su pasaporte, mientras detrás se iba aglomerando una pequeña cola. Este lento proceder comenzó a molestar a uno de los funcionarios, por lo que este le preguntó:

— Monsieur, ¿Usted ya ha estado en Francia?

— Sí, ya he estado de visita aquí. – asintió el anciano.

— En ese caso, usted debe saber que cuando uno pasa por la aduana, necesita mantener su pasaporte a mano. – dijo intranquilo el funcionario.

— El hecho es que cuando estuve aquí la última vez, no me pidieron los documentos. — respondió con calma el americano.

— ¡Esto es una mierda! ¡Todos los ciudadanos de Estados Unidos deben pasar el control de pasaportes al entrar en Francia! — Pronunció arrogantemente el empleado.

Charles White observó al oficial con una mirada prolongada, y luego dijo:

— Sabe usted, mi hijo, cuando, junto con otros marines, aterricé en Normandía en 1944, ayudando a liberar a su país de los nazis, yo no encontré a ningún francés para mostrarle mi pasaporte…

Con solo una frase, el anciano fue capaz de poner al oficial en su justo lugar. Cuando se trata con el público, bien vale tener un poco de amabilidad y comprensión en el trato. ¡Todas las personas merecen respeto! ¿No crees?

Comparte esta historia con tus amigos de las redes sociales, para que conozcan a cerca de estos penosos acontecimientos, así sabrán como responder ante una situación así…

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